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De una parte vemos como los Estados, a pesar de coexistir en la comunidad internacional, siguen haciendo innecesarios desplie - gues de poder a través de los ejercicios y maniobras militares, y la prueba de armas de largo alcance como los misiles balísticos.

 

Zonas de tensión como los mares de China, Japón, las dos Coreas y sus fronteras, todavía son teatros de operaciones para la intimidación y la demostración – aun cuando sea experimental -, de herramientas e instrumentos que quisiéramos ya en nuestra era, y tras dos guerras mundiales, hubieran desaparecido.

 

En igual sentido, situaciones en otros Estados no han permanecido exentas de polémica, tal es el caso de los Estados Unidos de América (EE. UU.) tras la llegada al gobierno de Donald J. Trump, y las acusacio - nes internas de la intromisión de Rusia en las elecciones, sus decretos ejecutivos para la deportación, la búsqueda de fondos para un “muro”, y otras situaciones que son dignas de una tragicomedia política.

 

Asimismo, EE. UU. amenaza con denunciar varios tratados internacio - nales como es el caso del NAFTA (por sus siglas en inglés), la revisión de los tratados bilaterales de libre comercio y, en los últimos días, la no ratificación del Acuerdo de París COP21 sobre cambio climático.

 

Por su parte, el hemisferio sur no está exento de graves problemas y ve - mos una crisis económica, política, social y humanitaria sin precedentes en la hermana República Bolivariana de Venezuela, situación que nos afecta tanto positiva como negativamente en Colombia como lo hemos evidenciado desde hace ya casi veinte años, tras la llegada del PSUV al poder de la mano de Hugo Chávez y ahora de su sucesor Nicolás Ma - duro.

 

Oriente próximo continúa en sus tensiones habituales por los conflictos ya por todos conocidos, pero un elemento nuevo se suma a la situación del mundo árabe musulmán. Ella tiene que ver con la radicalización del extremismo islamista en Europa, y el rompimiento de un tenue equili - brio en la península arábiga y el golfo pérsico.

 

La alianza entre los EE. UU. y el Reino de Arabia Saudita siempre ha sido difícil de digerir para el mundo musulmán, en el sentido de tener la presencia de tropas y elementos de inteligencia estadounidenses en la tierra sagrada del Islam, no obstante, la relación bilateral entre el reino y los EE. UU. va más allá del equilibrio militar, como se comprobó tras las sucesos del 11 de septiembre de 2001, y los negocios compartidos entre las familias y grupos de lado y lado del globo.

 

Hoy Catar ha sido declarado un Estado paria por su pre - sunto apoyo al terrorismo derivado del extremismo, lo que venía siendo un secreto a voces en la región, pero siempre había sido acallado por el anterior monarca de Arabia Sau - dita, para así evitar problemas y mantener la estabilidad en el golfo pérsico.

 

Sin embargo, tras la muerte del rey en Arabia Saudita, el impulso de los Emiratos Árabes Unidos y la actividad egipcia que pasa desapercibida pero es decisiva, Arabia Saudita lo - gró su cometido de aislar política y económicamente a Catar, a quién ve como una amenaza en su patio trasero.

 

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